
El pasado 6 de julio se conmemoró por primera vez el Día Mundial del Desarrollo Rural. La Asamblea General de Naciones Unidas lo declaró en junio de 2025 y me parece una buena noticia: poner una fecha en el calendario es poner el foco, y el mundo rural agradece el foco.
Dicho esto, voy a ser directa. Una resolución de Naciones Unidas no desarrolla ningún pueblo. El desarrollo rural, el de verdad, el que se nota en que un pueblo tiene empleo y gente joven que se queda, no se decide en Nueva York ni en una efeméride. Se decide en un consejo de administración. Se decide el día que una empresa elige dónde levantar una planta, a quién le compra la materia prima, dónde pone su centro logístico o en qué comarca abre la próxima línea de producción. Ahí, en esa reunión, se juega el futuro de más territorios de los que pensamos.
Por eso, cuando llega un día como este, a mí no me interesa tanto la foto institucional como una pregunta mucho más práctica: ¿es mi tierra un buen sitio para montar un negocio? Porque esa es la pregunta que se hace quien tiene el dinero y la decisión, y de su respuesta depende buena parte del desarrollo que luego celebramos.
Y la buena noticia es que, en Castilla-La Mancha, cada vez más respuestas son que sí. Solo el programa FOCAL de modernización de la industria agroalimentaria de la región ha movilizado ya más de 1.300 millones de euros de inversión en 1.054 proyectos: nuevas líneas de producción, ampliaciones y plantas que se levantan en pueblos que en el mapa parecen pequeños. Eso es desarrollo rural aterrizando en forma de decisiones de inversión, una a una. Nada compasivo. Puro negocio.
Porque esa es la parte que a menudo se nos olvida: el desarrollo no es una subvención que cae del cielo ni una pena que alguien de fuera nos tiene. Es una decisión empresarial que decide aterrizar aquí y no en otro sitio. Y una empresa se implanta donde encuentra materia prima, cadena de valor cerca, logística, talento, coste razonable y, sí, calidad de vida. En eso Castilla-La Mancha compite muy por encima de la imagen que se tiene de ella fuera. Al fin y al cabo, la agricultura, y todo lo que la rodea, también es una empresa, y como empresa hay que venderla.
Y aquí es donde entra lo que más me importa. Ninguna de esas decisiones de inversión se toma en el vacío: se toma sobre una imagen previa del territorio. Si esa imagen es la del campo que se muere, la del pueblo vaciado y la de la carencia perpetua, ¿quién en su sano juicio va a poner ahí su inversión? El relato no es un adorno; es parte de la decisión. Una empresa de fuera no viene a un sitio del que solo oye que va mal. Por eso digo tantas veces que Castilla-La Mancha no tiene un problema de realidad, sino de cómo se cuenta.
Así que bienvenido sea el Día Mundial del Desarrollo Rural. Pero yo, ese día, en vez de mirar a Nueva York prefiero mirar a las mesas donde se deciden las inversiones y preguntarme qué estamos haciendo para que elijan mi tierra. Porque el desarrollo de un territorio no lo firma una resolución: lo firman las empresas que deciden quedarse, venir y crecer aquí. Y ayudar a que esa decisión salga que sí es, seguramente, el trabajo más útil que podemos hacer.