
Mi tierra, Castilla-La Mancha, es tierra de campo. Lo ha sido siempre. La pregunta es si lo será siempre.
Lo damos por hecho. Pero conviene pararse a pensar qué pasará dentro de diez años si no hay relevo generacional en el sector primario.
Y ojo, porque esto no va solo de agricultores o ganaderos que se jubilan. El impacto es mucho mayor. Si no conseguimos atraer a las nuevas generaciones e incorporarlas al sector, las consecuencias pueden ser serias y en cadena: explotaciones viables y rentables que desaparecen, una agroindustria que se resiente cuando falta materia prima local, una industria auxiliar que pierde actividad y empleos y, con todo ello, una economía rural que se debilita y una despoblación que se acelera.
Hay además una pérdida silenciosa que casi nunca contabilizamos: el conocimiento práctico acumulado durante décadas. Saber cuándo y cómo sembrar, leer el cielo, conocer cada parcela. Eso no se hereda en una notaría ni se aprende en un máster. Se transmite, o se pierde.
Por eso insisto en que el problema no es sectorial, es estructural. Es un cambio en el modelo económico de toda la región, porque el campo no solo produce alimentos: sostiene pueblos, empresas, empleos y territorio. Lo he defendido otras veces y lo sigo pensando: el relevo generacional no es solo cosa del campo, es de toda la cadena.
No lo escribo desde el pesimismo. Lo escribo porque creo que aún estamos a tiempo y porque Castilla-La Mancha tiene todo lo necesario para seguir siendo una gran potencia agroalimentaria: tierra, conocimiento, empresas y gente que quiere quedarse. Lo que necesitamos es decidir, hoy, que merece la pena pelearlo.
Así que la pregunta no es si esto va a pasar. La pregunta es si estamos haciendo algo hoy para evitarlo.

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