
Durante años hemos contado la misma historia: el medio rural no se digitaliza porque le falta conexión. Que si no llega la fibra, que si el móvil no tiene cobertura, que si en el pueblo va todo a pedales. En buena parte era verdad. Los datos de hoy cuentan otra cosa, y han cambiado más rápido de lo que solemos reconocer.
El 5G ya llega al 96% de la población en zonas rurales, con una brecha respecto a las ciudades reducida a un mínimo histórico de apenas tres puntos. Hace cuatro años esa distancia era diez veces mayor. Hay un dato que a mí me parece casi simbólico: el 27 de mayo de 2025, España apagó definitivamente sus últimas centrales de cobre, esa red que durante un siglo sostuvo el teléfono y el ADSL, sustituida por fibra. Estamos entre los países del mundo con más fibra desplegada por habitante. No lo digo yo, lo dicen los rankings.
La infraestructura, ese argumento con el que llevábamos una década explicando por qué el campo no despega, está dejando de ser el problema. El cable ya está puesto, o está a punto de estarlo. Cuando se acaba la excusa fácil, toca mirar la difícil.
Poner wifi en un pueblo no es digitalizarlo. Nunca lo fue. La conexión es el suelo, no la casa. Puedes tener la mejor fibra del mundo entrando por debajo de la puerta de una nave, y si dentro nadie sabe para qué usarla, o nadie ha decidido qué problema quiere resolver con ella, ahí no se ha digitalizado nada. Se ha instalado un router. Ya lo escribí hace unos meses: la tecnología es el medio, nunca el fin, y sigo pensando exactamente lo mismo. Ahora el argumento pesa más, porque ya no cabe escudarse en que falta la señal.
¿Cuál es entonces la brecha que queda? La de siempre, la que menos se ve: la de las personas y la del uso. La mitad de la población española no tiene competencias digitales básicas, un hueco que se nota más cuanto más pequeño es el municipio y más pequeña la empresa. No es cuestión de antenas, sino de manos y de criterio. Se cierra con formación, con acompañamiento y con tiempo, no con una subvención para comprar aparatos.
Llegados aquí, me niego a seguir en tono de lamento, porque no toca. El campo, cuando quiere, aprende rápido. Los agricultores españoles están por encima de la media de la población en competencias digitales. Manejan datos, sensores, imágenes de satélite y modelos de predicción con una naturalidad que sorprendería a quien todavía imagina el sector como algo analógico. El problema casi nunca es que el campo no tenga tecnología; es que no se cuenta que la tiene. Tenemos un sector puntero que se sigue presentando en blanco y negro.
Por eso me gusta cambiar la conversación. La pregunta ya no es «¿cuándo llega la fibra?», porque la fibra está llegando. La pregunta es «¿qué vamos a hacer con ella?», y sobre todo «¿cómo lo vamos a contar?». Una empresa que estudia dónde implantarse da la conexión por descontada. Lo que mira es si el territorio tiene talento que sepa usarla y un relato que le dé ganas de venir. Al final, la agricultura, y toda la industria que la rodea, también es una empresa, y las empresas eligen sitios que saben explicarse.
Así que celebremos que el cable ya casi está. Es una gran noticia y costó mucho conseguirla. Ahora bien, haber puesto el wifi no es haber digitalizado nada. Lo primero lo han hecho las operadoras y los fondos públicos. Lo segundo, lo de verdad, nos toca a nosotros: decidir para qué sirve, enseñar a usarlo y dejar de contarlo como si el campo siguiera desconectado del mundo. Ya no lo está.