
Hay una narrativa muy instalada en el sector, y cada vez me convence menos: la de que «esto no es rentable».
Que existen explotaciones con problemas es verdad, claro que las hay. Pero la pregunta interesante no es esa. Es: ¿por qué? ¿Qué estructura de costes tienen? ¿Qué nivel de profesionalización? ¿Qué modelo de comercialización? ¿Qué decisiones llevan años posponiendo?
Porque yo no conozco a ningún empresario, ni en este sector ni en ningún otro, que lleve décadas perdiendo dinero y mantenga la actividad. Eso no es un negocio. Eso es, como mucho, un hobby caro.
Lo digo sin ninguna acritud, porque el problema no es del agricultor que se deja la piel. El problema es un relato que nos hemos creído todos: el de que el campo está condenado a perder. Y ese relato, además de injusto, es profundamente desmovilizador.
Conviene mirar los números antes de dar nada por perdido. La producción de la rama agraria batió su récord en 2023, con más de 65.000 millones de euros. No es la foto de un sector que se hunde: es la de uno que produce, y mucho. Otra cosa es que ese valor llegue de forma justa a quien lo genera, que es una conversación distinta y necesaria. Pero no la de siempre.
Y aquí está la clave, sobre todo si hablamos de relevo: ningún joven se va a incorporar a un proyecto que nace desde el victimismo. El relevo no va a llegar por insistir en que todo va mal. Llega cuando alguien ve delante algo que merece la pena, algo con futuro, no una herencia de quejas.
Por eso creo que el futuro del sector pasa por asumir una idea sencilla y a la vez incómoda: la agricultura y la ganadería también son empresas. Y, como tal, su reto no es de voluntad, es de modelo: de cuentas, de gestión, de estrategia y de decisiones que muchas veces se aplazan.
No se trata de negar las dificultades. Se trata de dejar de usarlas como excusa para no cambiar nada. Porque una cosa es un sector con retos, y otra muy distinta un sector resignado. Y yo, desde luego, no me resigno.
Claudia Calzada