Trabajar desde el mundo rural (luces, sombras y muchos kilómetros)

Mesa con un portátil abierto junto a una ventana con vistas a un pueblo y un paisaje rural de Castilla-La Mancha al atardecer

Cada cierto tiempo alguien me pregunta, entre la sorpresa y la curiosidad, desde dónde trabajo. Y cuando respondo que desde un pueblo, la cara que ponen lo dice casi todo: como si trabajar desde lo rural fuera una rareza, algo de otra época.

No lo es. Y creo que conviene contarlo bien, sin idealizarlo y sin quejarse, porque tiene luces y también sombras.

Empiezo por las luces, que son muchas. Silencio, del de verdad, ese que cuesta encontrar en una ciudad. Espacio para pensar, para crear, para concentrarte sin veinte interrupciones por hora. Y una forma de relacionarte distinta: la gente más cerca, el trato más directo, la sensación de comunidad que en otros sitios se ha ido diluyendo.

Las sombras, para qué negarlas, también están. La conexión se cae en el momento menos oportuno. Vives medio en el coche para llegar a las reuniones y los eventos. Kilómetros, muchos kilómetros. Y, de vez en cuando, esa sensación incómoda de ir un poco a contracorriente.

Pero esto que cuento ya no es una excentricidad ni el privilegio de cuatro nostálgicos. Es una opción cada vez más real. El teletrabajo se ha estabilizado en torno al 14% de las personas ocupadas en España, y entre quienes trabajan por cuenta propia alcanza el 29%, casi el triple que entre los asalariados. Detrás de esos números hay mucha gente que, simplemente, ha decidido que su trabajo no tiene por qué atarla a un código postal concreto.

Y ahí es donde lo rural tiene una oportunidad enorme, si sabemos aprovecharla. Porque poder trabajar desde un pueblo es una de las palancas más potentes que existen para que la gente se quede, o vuelva. No la única, pero sí una de las que más depende de nosotros.

Eso sí, sin trampas. De poco sirve animar a nadie a instalarse en un pueblo si luego la conexión no aguanta una videollamada, aunque ese problema, por suerte, es cada vez menor. Por eso insisto siempre en lo mismo: la tecnología es un medio, no un fin. La digitalización del medio rural solo tiene sentido si parte del territorio y resuelve problemas concretos, no si se queda en un titular bonito.

Al final, trabajar desde lo rural no va de huir de la ciudad ni de vender una postal de campo idílico. Va de demostrar, con naturalidad, que se puede vivir y trabajar bien lejos de los sitios de siempre. Que los kilómetros, cuando te llevan a lugares que merecen la pena, pesan bastante menos.

Y que, algunos días, lo que ves desde la ventana también es una forma de perspectiva. Real y figurada.

Claudia Calzada