
Hay una idea a la que llevo tiempo dándole vueltas: nunca en la historia habíamos tenido un acceso tan fácil a alimentos buenos, bonitos y baratos.
Durante décadas, la tecnología, la mejora del campo, la industria que lo transforma y también las políticas públicas hicieron que llenar la nevera nos costara cada vez menos parte de lo que ganábamos. Tanto, que gran parte de la sociedad se acostumbró a comer sin pensar de dónde venía la comida ni quién la hacía posible.
Pero esa tendencia se ha roto. Hoy los alimentos y las bebidas no alcohólicas vuelven a pesar un 16,4% del gasto de los hogares españoles, después de décadas a la baja. La compra ha vuelto a notarse en el bolsillo.
Detrás del precio final de lo que comemos hay muchos factores que casi nunca vemos. El coste de la energía y del transporte, que pesan enormemente. El clima, que condiciona cada cosecha y desajusta la oferta. Una demanda mundial que no deja de crecer con la población. Y unas políticas que, durante años, abarataron lo que llegaba a la mesa.
Y aun así, cuando me preguntan si la comida está cara o barata, respondo siempre lo mismo: para mí no es el precio, es el valor.
Porque podemos discutir céntimos, pero lo que de verdad sostiene todo esto es el trabajo de miles de agricultores, ganaderos y de toda la cadena que viene detrás. Eso casi nunca se cuenta, y por eso casi nunca se valora. Es, antes que nada, una cuestión de relato: damos por hecho que la comida estará ahí, al precio de siempre, como si apareciera sola en el lineal.
Me da cierta pena pensar que, como sociedad, muchas veces solo prestamos atención a algo cuando nos toca el bolsillo. Ojalá no hiciera falta. Pero si este giro sirve para que volvamos a mirar de otra manera a quien nos da de comer, para reconocer que detrás de cada producto barato hay alguien que madruga, invierte y asume riesgos, entonces algo bueno habremos sacado.
No lo escribo desde el alarmismo. La alimentación va a volver al centro de nuestras preocupaciones, y eso no tiene por qué ser una mala noticia. Puede ser, justamente, la oportunidad de dejar de hablar solo de lo que cuesta y empezar a hablar de lo que vale.
Porque comer nunca había sido tan barato. Y quizá, precisamente por eso, durante demasiado tiempo se nos olvidó lo mucho que vale.
Claudia Calzada