El campo en la era de la imagen

Smartphone en un trípode grabando un vídeo vertical de un campo de Castilla-La Mancha al atardecer, sin personas

Hay una frase que repetimos sin pensar: «una imagen vale más que mil palabras». Lo curioso es que nunca había sido tan literal como ahora. Nunca se había consumido tanto contenido audiovisual, ni se había priorizado tanto. El vídeo corto, la inmediatez, lo visual, marcan el ritmo de cómo nos informamos y de a qué le prestamos atención.

Y ese cambio no es solo tecnológico, es cultural. Las nuevas generaciones consumen la información rápido y fragmentada. Lo que no entra por los ojos en unos segundos, sencillamente, no entra. Nos guste más o menos, ese es el terreno de juego.

Aquí es donde el sector agroalimentario tiene un problema que vengo señalando desde hace tiempo: tenemos tecnología puntera y la seguimos contando en analógico. Sensores, satélites, datos, innovación a pie de campo… y, a la hora de explicarlo, un folleto y un acto institucional. En la era de la imagen, comunicar así es casi como no comunicar. Ya lo decía a propósito de cómo aparecemos en los medios: el campo casi solo es noticia cuando va mal, entre otras cosas porque no ocupamos el espacio visual que sí ocupan otros.

Y lo bueno es que la imagen, bien usada, es una oportunidad enorme. El vídeo y las redes nos permiten llegar a públicos que jamás abrirían una noticia agraria: gente de ciudad, jóvenes, consumidores que no tienen ni idea de lo que hay detrás de lo que se comen. Ya hay agricultores, técnicos y divulgadores que lo están haciendo de maravilla, contando el campo desde dentro, con naturalidad y con una estética casi documental. Y funciona.

Pero no voy a venderlo como la solución mágica, porque tiene su trampa. El gran riesgo de lo audiovisual es la simplificación. La imagen tiende a quedarse con lo emotivo, lo espectacular o lo anecdótico, y el sector agroalimentario es justo lo contrario: complejo, lleno de aristas, de procesos que no caben en quince segundos. Si reducimos todo a la anécdota viral, podemos acabar contando una versión tan simple que deje de ser verdad.

Ese es, para mí, el verdadero reto: que el impacto visual no sustituya a la realidad. Que aprender el lenguaje de la imagen no signifique renunciar al contexto, al rigor y a la profundidad. Porque una imagen sin interpretación es fugaz; se ve, gusta, y se olvida en cinco segundos.

Así que no se trata de elegir entre lo analógico y el postureo. Ni quedarnos en el folleto de siempre ni convertir el campo en un baile de quince segundos vacío de contenido. Se trata de algo más difícil y más interesante: juntar las dos cosas. La fuerza, la cercanía y la emoción de la imagen, con el fondo, los datos y la honestidad de quien conoce el sector de verdad.

Porque al final el reto de esta década no es producir más vídeo. Es dotarlo de sentido. Y eso, en un sector que hace cosas extraordinarias y casi nunca las enseña, es una oportunidad enorme. Solo hay que atreverse a contarlo bien. Y a contarlo en color.

Claudia Calzada