Productores contra distribuidores: la guerra que perdemos todos

Lineal de un supermercado con frutas y verduras frescas ordenadas, sin personas

Hay una guerra que el sector agroalimentario libra desde hace décadas y que, curiosamente, no es contra nadie de fuera. Es contra sí mismo. Productores contra distribución, distribución contra industria, y, en medio, un consumidor mal informado porque casi nadie se molesta en explicarle bien lo que pasa.

Y yo cada vez lo tengo más claro: el problema de fondo entre producción y distribución es, sobre todo, comunicativo antes que económico. Que conste que lo económico también pesa, y mucho. Pero mientras sigamos comunicando divididos, vamos a seguir perdiendo la batalla que de verdad importa, que es la de la legitimidad social.

Conviene recordar una obviedad que a menudo olvidamos: una cadena es más fuerte que sus eslabones. La agroalimentaria va del agricultor o el ganadero hasta el consumidor, y por el camino hacen falta industria, logística, mayoristas y distribución. Cada eslabón hace cosas distintas, pero ninguno puede prescindir del resto. La distribución no tiene qué vender sin producción; la producción no llega a la mesa sin distribución; y ninguna de las dos genera valor sin la industria y la logística que conectan el campo con el lineal.

Juntos, somos uno de los grandes motores del país. De hecho, España es el cuarto exportador agroalimentario de la Unión Europea, y en 2024 su balanza comercial marcó un récord histórico, con el mayor superávit de toda la economía española. Por separado, en cambio, cada eslabón se convierte en un blanco fácil.

Porque ese es justo el problema: dependemos unos de otros, pero nos comunicamos como si no. Cada uno habla desde su trinchera, y muchas veces señalando al de al lado. El productor enseña lo que se multiplica el precio del campo a la mesa, que es verdad, pero nadie cuenta qué pasa en medio: el transporte, la logística, los plazos de pago, las licencias sanitarias. La gran distribución, por su parte, apenas comunica lo que hace. Y lo que no se cuenta, el consumidor lo rellena con sus propias sospechas. Si ni los del sector nos entendemos entre nosotros, ¿cómo va a entendernos la sociedad?

Esa fragmentación nos sale carísima, y a todos. Perdemos capacidad de influencia, porque quien negocia en bloque siempre pesa más que quien llega dividido. Nos desgastamos la reputación entre nosotros, porque cuando uno insinúa que el otro se queda el margen o es ineficiente, lo que le llega al consumidor es que la cadena no funciona. Y, sobre todo, perdemos legitimidad: cuando nosotros no contamos lo nuestro con rigor y unidad, el hueco lo ocupa otro. Siempre hay alguien dispuesto a contar nuestra historia por nosotros, normalmente peor y a veces en contra.

Lo más irónico es que el «divide y vencerás» no nos lo aplica nadie de fuera. Nos lo aplicamos nosotros solitos, cada vez que nos atacamos en público en lugar de sumar. Y no, una ley no lo arregla: puede prohibir prácticas desleales y repartir mejor las cartas, pero no puede obligar a los eslabones a comunicar como cadena ni fabricar confianza social por decreto.

El reto, entonces, no es elegir bando. Es construir un relato de cadena en el que cada parte tenga su voz sin renunciar a sus diferencias. Que la producción cuente lo que hace en eficiencia, sostenibilidad e innovación. Que la distribución pierda el miedo a explicar su trabajo. Que entre todos le contemos al consumidor que el precio que paga refleja una cadena entera de funciones. Esto enlaza con algo que vengo defendiendo: cuando se decide sumar en lugar de competir, el valor se queda en casa y todos ganan.

Porque las cifras, los casos de éxito, la innovación, la tradición y el talento están de nuestro lado. Lo que nos falta es un relato común a la altura de lo que somos. Y construirlo, conviene no olvidarlo, no es tarea de un solo eslabón.

Claudia Calzada