Jóvenes en la agricultura: lo mismo no estamos tan mal

Jóvenes trabajando en un campo agrícola al atardecer

Hay una frase que llevo años escuchando, y casi siempre con el mismo tono de resignación: «el campo se queda sin jóvenes». La damos por buena, la repetimos, y al final se convierte en una verdad que nadie discute.

El problema es que, cuando uno va a los datos, la historia no es exactamente esa.

El Ministerio de Agricultura publicó un análisis de la afiliación a la Seguridad Social de los trabajadores agrarios que rompe con la imagen de siempre. Entre los autónomos del sector agrario, el 19,8% tiene menos de 40 años. ¿Mucho? ¿Poco? Depende de con qué lo compares. Porque en el conjunto de los autónomos de todos los sectores esa cifra es del 24,3%. Es decir: hay menos jóvenes en el campo que en el resto de la economía, sí, pero la diferencia es de cuatro puntos y medio, no el abismo que solemos pintar.

Y hay un dato que me parece todavía más interesante. Las cifras que más se repiten, las que alimentan el relato del campo envejecido, vienen de otras fuentes: el Censo Agrario o los perceptores de la PAC, donde los menores de 40 apenas rozan el 8 o el 9%. Pero esas fuentes recogen sobre todo a quien figura como titular de la explotación o cobra una ayuda, no necesariamente a quien de verdad se gana la vida en el campo. Cuando miramos a los agricultores profesionales, los que están dados de alta como autónomos agrarios, la foto rejuvenece de golpe.

En Castilla-La Mancha, sin ir más lejos, el peso de los jóvenes autónomos en la agricultura se mueve entre el 20 y el 24%, en línea con la media nacional. Nada que envidiar al resto de sectores.

No lo cuento para mirar hacia otro lado. El relevo generacional sigue siendo uno de los grandes retos del sector, y el medio rural arrastra una población más envejecida que la de las ciudades. Pero una cosa es un reto y otra una sentencia. Y llevamos demasiado tiempo contándolo como si fuera una sentencia.

Porque, al final, los datos que elegimos repetir construyen la imagen que el resto tiene de nosotros. Si solo contamos el 8%, espantamos a cualquiera que se plantee dedicarse a esto. Si contamos también el 19,8%, y de dónde sale cada cifra, la conversación cambia. Y a lo mejor, solo a lo mejor, resulta que no estamos tan mal.

Claudia Calzada

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