
Hay un problema del que se habla poco y que, sin embargo, puede llevarse por delante buena parte de nuestra economía. No es nuevo ni espectacular, y quizá por eso no ocupa titulares: cada vez más negocios rentables y necesarios se están quedando sin quien tome el relevo.
No hablo solo de explotaciones agrarias, que también. Hablo de la economía real: el taller, la empresa de transporte, la pequeña industria que transforma, la distribuidora, el comercio que lleva tres generaciones abierto. Negocios viables, con clientes y con futuro, que un día cierran no porque no ganen dinero, sino porque no hay nadie detrás dispuesto a continuar.
En España, las empresas familiares son el 92,4% del tejido empresarial y generan el 70% del empleo del sector privado. Y, aun así, solo una de cada tres llega a la segunda generación. Esa cifra, fría, esconde miles de historias de negocios que se apagan en silencio.
Y aquí está lo importante: cuando uno de estos negocios cierra, no se pierde solo una actividad económica. Se pierde empleo en comarcas donde no sobra, se pierde el tejido que sostiene el comercio, la escuela y la vida social de muchos pueblos. Se pierde, en definitiva, una parte de lo que mantiene vivo el territorio.
Durante años hemos contado que el progreso estaba en otra parte. Lejos del pueblo, lejos de los oficios de siempre, lejos de la empresa familiar que no cotiza en bolsa pero da de comer a media comarca. Hemos mirado por encima del hombro a esos negocios sólidos y poco glamurosos mientras la atención se iba a otro lado. Y estas son las consecuencias.
No es una cuestión solo económica, es una cuestión de país. Porque detrás de cada relevo que no llega hay un pueblo un poco más vacío, una identidad que se diluye y una oportunidad de futuro que desaparece.
La buena noticia es que todavía estamos a tiempo. Estos negocios siguen siendo rentables, siguen siendo necesarios y siguen buscando continuidad. Lo que necesitan es que dejemos de mirarlos como algo del pasado y empecemos a contarlos como lo que son: una de las apuestas con más sentido que puede hacer hoy una nueva generación.
Porque el relevo no va solo de heredar. Va de decidir, como sociedad, qué queremos que siga existiendo mañana.
Claudia Calzada