
Cada cierto tiempo los tractores vuelven a salir a la calle y, casi por inercia, lo resumimos en una frase: «ya están los agricultores protestando». Ese es, para mi, el primer error.
Detrás de movilizaciones como las que provocan el acuerdo con Mercosur o los recortes de la PAC no hay solo una reivindicación del campo. Hay una pregunta que nos afecta a todos como consumidores: ¿qué modelo alimentario queremos?
Si como sociedad apostamos por alimentos seguros, con altos estándares de calidad y normas exigentes en medio ambiente y bienestar animal, no tiene mucho sentido aceptar acuerdos comerciales que permitan llenar los lineales de nuestros supermercados con productos que no cumplen esas mismas reglas. Eso no es libre mercado, es competencia desleal. Le pedimos a nuestros productores que jueguen con unas normas y luego dejamos entrar a quien no las cumple.
Con la PAC pasa algo parecido. Cuando se recorta su presupuesto, ¿dónde creemos que acaba trasladándose? En buena parte, a nuestros bolsillos, en forma de alimentos cada vez más caros. Y conviene no olvidar que el objetivo último de esa política no es solo sostener al agricultor, sino garantizar el acceso a los alimentos para toda la población.
Por eso insisto: esto no es solo cosa del campo. Es una conversación sobre soberanía, sobre precios y sobre qué comemos y de dónde viene. El campo no es un sector aislado al que mirar con distancia cuando corta una carretera. Es el principio de una cadena que termina, siempre, en nuestra mesa.
Así que la próxima vez que veamos los tractores, quizá la pregunta no sea «qué quieren ahora los agricultores», sino «qué tipo de alimentación queremos para nosotros».