
Hay una frase que escuché una vez, medio en serio medio en broma, y que se me quedó grabada: «Castilla-La Mancha no existe». Y, por extensión, tampoco existimos los castellanomanchegos.
No voy a entrar en cómo acabó aquella conversación en semejantes derroteros. Pero creo que, en el fondo, dice algo de nuestra forma de ser. Esa mezcla de humildad, trabajo silencioso y arraigo. Una manera de hacer las cosas sin prisa, sin levantar la voz, confiando en que las acciones hablen más que las palabras.
Quizá esa conexión tan interiorizada con lo nuestro es la que nos hace sentirnos pequeños cuando miramos hacia fuera. Quizá por eso nos cuesta tanto contar lo que hacemos y sentirnos orgullosos de ello.
Pero Castilla-La Mancha sí existe. Y hace tiempo que dejó de ser solo esa llanura extensa y tranquila del tópico. Aquí se emprende, se investiga y se innova. Aquí se levantan proyectos que hace unos años habrían parecido impensables.
Los números, para quien los necesite, también lo dicen. Solo la industria de alimentación y bebidas de la región factura más de 12.000 millones de euros y da empleo a unas 31.000 personas. No es la foto de un páramo: es la de un territorio que produce, transforma y compite.
El problema, entonces, no es lo que somos. Es lo poco, y lo mal, que lo contamos. Y eso ya lo he dicho otras veces: lo que no se cuenta, no existe. No porque no esté ahí, sino porque, si nadie lo nombra, para el resto del mundo es casi como si no pasara.
Hay un detalle que lo resume bien. Si hoy le pides a una inteligencia artificial «la imagen de un castellanomanchego típico», te va a devolver un tópico: un abuelo, una boina, una llanura infinita. Y no es culpa de la máquina. Es que le hemos contado al mundo esa versión de nosotros, y no la otra. A lo mejor deberíamos empezar por actualizar también ese imaginario.
Porque, al final, esa quizá sea a la vez nuestra mayor fortaleza y nuestra asignatura pendiente: transformar en silencio, hasta que el silencio se convierte en impacto. La transformación ya la estamos haciendo. Ahora toca, simplemente, atrevernos a contarla.
Claudia Calzada