Mujeres que somos campo

Mujeres que somos campo
Una agricultora joven revisa datos en una tablet en un campo de Castilla-La Mancha con un pueblo al fondo

Cuando llegué al sector agrícola no imaginaba que iba a ser la aventura de mi vida. Era nueva en la agricultura, nueva también en el mundo adulto y, por si fuera poco, una mujer joven en un entorno tradicionalmente masculino.

Podría haberme hecho pequeña. Hice lo contrario. Aquel entorno, en lugar de frenarme, me empujó a demostrar algo que tengo clarísimo: la innovación, la tecnología y la gestión profesional no tienen género.

Lo digo sin nostalgia y sin victimismo. Las mujeres en la agricultura llevamos sosteniendo y transformando el campo desde siempre, muchas veces sin que nadie lo contara. Abuelas que trabajaron la tierra toda su vida sin figurar en ninguna escritura. Emprendedoras que hoy dirigen explotaciones, cooperativas y empresas de transformación. Técnicas, veterinarias e ingenieras que entran en plantas y oficinas donde antes no se las esperaba.

Y aportamos una mirada propia. Las mujeres solemos pensar a largo plazo, con una mayor conciencia de que las decisiones de hoy tendrán impacto mañana. Incorporamos el cuidado de las personas, la empatía y la capacidad de conectar, empujando hacia modelos más colaborativos y menos jerárquicos. Justo el tipo de liderazgo que necesita un sector en plena transformación.

Desde Generación Agro trabajamos para construir un modelo agrícola más inclusivo y sostenible, donde las mujeres tengan un papel protagonista y no de reparto. Porque el futuro del campo no necesita solo relevo generacional, necesita también diversidad de miradas y de talento. Quien renuncia a la mitad del talento disponible parte con desventaja.

Y, como casi todo en este sector, también es una cuestión de relato. Si seguimos contando el campo en masculino, con la imagen de siempre, difícilmente una niña de pueblo se imaginará algún día dirigiendo una agroindustria. Lo que no se nombra, no se elige.

No escribo esto para pedir que nos miren distinto por ser mujeres. Lo escribo para reconocer a las que ya están: a las que abrieron camino y a las que vienen detrás, a las que madrugan, gestionan, innovan y lideran en el sector primario sin hacer ruido.

Hace un tiempo me topé con un poema, atribuido a Yolanda Oreamuno, al que me gusta volver en días como hoy:

La mujer nunca ha tenido cabaña,
ni pozo, ni campo, ni trigo.
La mujer es la cabaña,
el pozo, el campo, el trigo.

Porque las mujeres no solo estamos en el campo. Muchas veces somos el campo: lo que lo sostiene y lo que lo transforma. Y de eso, hoy, toca hablar en presente y en futuro.

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