Hay una frase que repito tanto que ya es casi un lema: el problema no es que falten proyectos, es que falta relato.
En el medio rural hay proyectos, y buenos. Hay gente preparada, hay tecnología, hay oportunidades. Lo que muchas veces no hay es una manera de contarlo que no huela a nostalgia.
Porque ese es el relato que arrastramos desde hace décadas: el campo como algo antiguo, rudo, de otro tiempo. Una foto en sepia que sobrevive por inercia. Y mientras lo sigamos contando así, como si la agricultura fuera cosa del siglo pasado, será muy difícil que un joven quiera formar parte de ella. Nadie se apunta a una despedida.
El relato no es un adorno. Es lo que decide quién se acerca y quién se aleja, quién invierte y quién pasa de largo. Si solo contamos la queja, el cierre y la pérdida, estamos espantando justo a quien necesitamos: el talento joven, el inversor, el profesional que podría dar continuidad a una empresa que hoy no encuentra relevo.
Y lo curioso es que la realidad da para un relato muy distinto. El campo de hoy es profesionalización, datos, formación, comunidad. La industria que transforma todo lo que sale de él es, de hecho, la primera industria del país. Detrás de la imagen de la boina y la azada hay explotaciones que manejan más información que muchas oficinas, cooperativas que exportan a medio mundo y pymes familiares que llevan generaciones sosteniendo pueblos enteros. Eso también es el campo. Y casi nunca se cuenta.
No hablo de maquillar nada. Los problemas existen y hay que nombrarlos. Pero una cosa es reconocer las dificultades y otra muy distinta instalarse en el victimismo y contar el sector solo desde lo que va mal. De hecho, llevo tiempo defendiendo que el relevo generacional, en el campo y en toda la cadena que lo rodea, es antes que nada un problema de relato. Cuando ese relevo no llega, casi nunca es solo cuestión de dinero o de tierra: es que nadie ha sabido contar que ahí había futuro.
Cambiar el relato del campo no es marketing. Es una cuestión de supervivencia. Lo que no se cuenta, no existe; y lo que no existe no atrae ni relevo, ni talento, ni inversión.
Por eso, cuando me preguntan a qué me dedico, lo resumo así: a cambiar la manera en que se percibe el campo y a conectar a quienes ya están escribiendo su futuro, dentro y fuera de Generación Agro. Porque los proyectos están. Solo falta contarlos como lo que son, presente y futuro, no postal del pasado.
El campo no necesita que lo miremos con pena. Necesita que lo contemos con verdad. Y la verdad, hoy, es mucho más interesante de lo que el viejo relato nos dejó creer.

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