Dignificar los oficios que nos dan de comer

Manos curtidas seleccionando hortalizas recién cosechadas en una caja

Hay una frase que escribí hace tiempo y a la que, como decía entonces, no le quito ni una coma: o dignificamos determinados trabajos, o los dignificamos. No hay opción B. Que luego todos queremos comer lechugas.

Lo digo medio en broma, pero va completamente en serio. Nos hemos acostumbrado a mirar por encima del hombro a una serie de oficios (el que recoge la fruta, el que está a pie de fábrica, el que conduce el camión que reparte, el que despacha en el pequeño comercio) como si fueran trabajos de segunda. Y resulta que son, casi literalmente, los que hacen que cada día tengamos algo que llevarnos a la boca.

Conviene recordar una cosa que casi nunca se cuenta: la industria de alimentación y bebidas es la primera rama industrial de España, con cerca de medio millón de empleos directos y nueve de cada diez empresas que son pymes, muchas de ellas arraigadas al medio rural. Y eso sin contar el campo, el transporte o la distribución. Detrás de cada cosa que comemos hay una cadena enorme de trabajo, en buena parte invisible.

El problema es que llevamos décadas mandando un mensaje contradictorio. Por un lado, dependemos por completo de esos oficios. Por otro, los hemos tratado como un destino que no le deseamos a nadie: «estudia, para que no tengas que trabajar en esto». Y así es muy difícil que alguien quiera dedicarse a ellos.

Porque la dignidad de un trabajo no la decide el trabajo en sí. La decidimos nosotros, con cómo lo nombramos, cómo lo pagamos y cómo lo contamos. Un oficio bien pagado, con condiciones decentes y reconocido socialmente, deja de ser «un trabajo de segunda» para convertirse en una opción. Es exactamente lo mismo que pasa con esos negocios sólidos y poco glamurosos que sostienen comarcas enteras y a los que durante años hemos restado importancia.

Y aquí está lo urgente: si no dignificamos estos oficios, no es que nos quedemos sin lechugas mañana. Es que nos quedaremos sin la gente que las cultiva, las transforma y las reparte. Y entonces el problema ya no será de relato, será de despensa.

Así que sí, lo mantengo. O los dignificamos, o los dignificamos. Empezando por dejar de hablar de ellos como si fueran el plan B de alguien, y empezando a contarlos como lo que son: la base de todo lo demás.

Claudia Calzada

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